Mujer estudiando una Biblia abierta y tomando notas, en una reflexión sobre traducción bíblica e idiomas originales

¿Perdido en la traducción? Por qué tu Biblia necesita que mires hacia atrás

“Leer la Biblia en español no significa recibir una versión defectuosa de las Escrituras. Significa entrar en contacto con un texto que ha cruzado lenguas, siglos y decisiones de traducción. Mirar hacia atrás puede ayudarnos a leer mejor, siempre que no convirtamos el hebreo o el griego en códigos secretos capaces de resolver por sí solos aquello que un texto todavía exige interpretar.”

Introducción

Abrimos la Biblia y leemos.

Las palabras están allí, familiares, ordenadas en frases que podemos comprender. Algunas las hemos escuchado desde niños. Otras forman parte del lenguaje habitual de nuestras iglesias. Después de años de leerlas, resulta fácil olvidar algo elemental: Isaías no escribió en español. Pablo tampoco. Los evangelios no fueron compuestos en la lengua en la que hoy los encontramos sobre nuestra mesa.

La mayor parte del Antiguo Testamento fue escrita en hebreo, algunas secciones en arameo, y los escritos del Nuevo Testamento llegaron hasta nosotros en griego.

Eso significa que la traducción de la Biblia es el resultado de un trabajo extraordinariamente complejo: personas que han estudiado manuscritos, gramática, sintaxis, vocabulario, historia, literatura y contextos antiguos para tomar miles de decisiones acerca de cómo expresar un texto en una lengua diferente.

Y ahí aparece una pregunta que merece más atención de la que normalmente recibe:

¿Qué ocurre entre el texto antiguo y las palabras que finalmente encontramos en nuestra Biblia?

La respuesta no debería llevarnos a desconfiar de las traducciones.

Pero sí puede enseñarnos a leerlas con mayor inteligencia.

Traducir no consiste simplemente en sustituir una palabra hebrea o griega por otra española. Las lenguas organizan el significado de maneras diferentes, construyen frases de manera diferente y utilizan expresiones que no siempre tienen un equivalente exacto en otra lengua. Por eso la traducción bíblica pertenece a un campo mucho más complejo que la sustitución de vocabulario; implica decisiones semánticas, sintácticas, literarias y comunicativas. La investigación contemporánea sobre traducción bíblica la describe precisamente como una actividad multidisciplinaria en la que intervienen lingüística, estudios bíblicos y comunicación intercultural.

Reconocer esto no debilita nuestra confianza en la Biblia.

Nos ayuda a comprender mejor qué clase de libro tenemos entre las manos.

La traducción de la Biblia no consiste en copiar palabras

Imaginemos una conversación cotidiana.

Alguien dice:

“Me dejó plantado.”

Un hablante de español entiende inmediatamente que nadie colocó literalmente a otra persona en la tierra como si fuera un árbol.

Pero si trasladáramos cada palabra de esa expresión a otro idioma sin reconocer que estamos frente a un modismo, podríamos producir una frase gramaticalmente correcta y, al mismo tiempo, comunicar algo completamente equivocado.

Dos adultos conversando frente a frente en la mesa de una cafetería, uno gesticulando mientras habla y el otro escuchando con atención.
Un modismo se entiende al instante entre quienes comparten la lengua; trasladarlo palabra por palabra puede comunicar algo equivocado.

Ese ejemplo es sencillo. Los textos bíblicos presentan dificultades mucho mayores.

Una palabra puede tener varios sentidos posibles. Una construcción sintáctica puede permitir más de una lectura. Una expresión habitual en el mundo antiguo puede resultar extraña en español. Una metáfora puede funcionar naturalmente en una lengua y sonar incomprensible en otra. Una repetición deliberada puede ser importante para el estilo del autor, aunque resulte pesada para un lector contemporáneo.

El traductor debe decidir.

Y cada decisión tiene un costo.

Si conserva muy de cerca la estructura del idioma de origen, puede permitir que el lector perciba algunas características del texto antiguo, pero producir una frase poco natural en español.

Si reformula la expresión para que su sentido resulte inmediatamente comprensible, puede comunicar mejor determinadas relaciones de significado, pero hacer menos visibles algunos rasgos formales del texto original.

Por eso la vieja clasificación entre traducciones “literales” y “dinámicas” puede servir como aproximación inicial, pero describe de manera demasiado simple lo que realmente ocurre. Las traducciones funcionan dentro de un continuo y toman decisiones diferentes según el pasaje, el género literario, la sintaxis y el propósito de la versión. La teoría contemporánea de traducción bíblica reconoce diversos modelos y no reduce el proceso a escoger entre “palabra por palabra” o “idea por idea”.

Incluso una traducción que intente conservar muy de cerca la forma del original debe interpretar.

Tiene que decidir cuál sentido de una palabra funciona en determinada oración.

Tiene que decidir cómo relacionar las partes de la frase.

Tiene que decidir cuándo una construcción antigua puede mantenerse y cuándo produciría una lectura engañosa en la lengua receptora.

No existe traducción sin decisiones.

Eso no significa que todas las traducciones sean arbitrarias.

Significa exactamente lo contrario: una buena traducción intenta que esas decisiones estén gobernadas por la evidencia.

Por qué dos traducciones fieles pueden decir cosas diferentes

A veces un lector coloca dos Biblias abiertas sobre la mesa y descubre que un versículo no dice exactamente lo mismo en ambas.

La reacción puede ser inmediata:

“Entonces, ¿cuál está bien?”

Pero esa pregunta presupone que en todos los casos existe una única manera evidente de trasladar una frase de una lengua a otra.

No siempre es así.

Dos Biblias abiertas una junto a la otra sobre una mesa de madera, con las manos de una persona entre ambas, una libreta y unos lentes de lectura al lado.
Comparar buenas traducciones no debilita la confianza: aumenta la atención.

Dos equipos competentes pueden estudiar el mismo texto y concluir que diferentes formas españolas representan razonablemente lo que encuentran en hebreo o griego.

Una traducción puede conservar una metáfora antigua.

Otra puede hacer explícito el sentido que considera comunicado por esa metáfora.

Una puede reproducir una ambigüedad.

Otra puede verse obligada por la gramática española a elegir entre dos posibilidades.

Una puede intentar mantener la repetición de determinada palabra.

Otra puede utilizar varios términos españoles para evitar una construcción artificial.

Incluso pueden existir diferencias que no procedan principalmente de la filosofía de traducción, sino de cuestiones relacionadas con el texto antiguo que se está traduciendo. Los manuscritos bíblicos conservados presentan variantes, y las ediciones críticas intentan evaluar esa evidencia antes de que comience el trabajo de traducción.

Por eso las notas al pie de muchas Biblias son más importantes de lo que parecen.

Cuando encontramos expresiones como “otros manuscritos dicen…”, “también puede traducirse…” o “literalmente…”, estamos observando una pequeña ventana hacia el trabajo que existe detrás de una página aparentemente sencilla.

La existencia de diferencias entre traducciones no demuestra necesariamente que alguien haya manipulado el texto.

En muchos casos demuestra algo mucho más cotidiano: traducir implica decidir cómo representar en una lengua aquello que fue expresado en otra.

Lo que una palabra original puede decir —y lo que no

Aquí llegamos a uno de los lugares donde el estudio bíblico popular suele cometer sus mayores excesos.

Alguien abre un diccionario griego o hebreo, encuentra una palabra, descubre que posee varios sentidos posibles y anuncia:

“Esto es lo que realmente significa.”

Pero un diccionario no nos dice automáticamente qué significa una palabra en cada pasaje.

Nos muestra posibilidades de uso.

El contexto tiene que hacer el resto.

En español ocurre lo mismo.

La palabra banco puede referirse a una institución financiera, a un asiento o incluso, en determinados contextos, a una acumulación de arena o peces.

Nadie escucharía:

“Fui al banco a retirar dinero”

y concluiría que la frase también habla de un asiento y de una formación marina simplemente porque todos esos sentidos aparecen en el diccionario.

El contexto selecciona.

Hombre adulto sentado en un banco de una calle de la ciudad por la tarde, con un libro en las manos y la mirada levantada.
El diccionario muestra posibilidades de uso; es el contexto el que selecciona el sentido.

Las lenguas bíblicas no funcionan de otra manera.

Una palabra griega puede tener varios sentidos reconocidos y utilizar solo uno de ellos en determinada frase. Lo mismo ocurre con el hebreo.

Los estudios de semántica lexical llevan décadas insistiendo precisamente en este punto: el significado no puede determinarse aislando una palabra de las construcciones, relaciones y contextos en los que aparece. J. P. Louw señaló que la semántica debe atender no solo a palabras, sino también a frases, oraciones, párrafos y narrativas completas; Moisés Silva desarrolló de manera influyente la necesidad de estudiar el vocabulario bíblico utilizando principios lingüísticos más responsables.

Por eso conocer el rango semántico de una palabra es apenas el comienzo.

No es la conclusión.

El peligro de “en griego realmente significa…”

Pocas frases producen una sensación de descubrimiento tan rápida en un estudio bíblico como esta:

“En el griego original, esta palabra realmente significa…”

A veces la explicación que sigue es correcta.

Pero la fórmula también puede esconder varios errores.

Hombre joven ante un escritorio con un diccionario grueso abierto y una computadora portátil al lado, señalando la página con el dedo.
Léxicos, concordancias e interlineales son herramientas, no oráculos: ayudan a formular mejores preguntas.

Uno de ellos consiste en asumir que la historia de una palabra determina necesariamente su significado actual.

Eso sería parecido a intentar descubrir qué significa hoy una palabra española únicamente descomponiéndola en sus raíces antiguas.

La etimología puede ayudarnos a conocer la historia de un término.

No tiene autoridad para decidir automáticamente qué significa ese término dentro de una oración.

Otro error consiste en reunir todos los significados posibles de una palabra y depositarlos simultáneamente dentro de un solo versículo.

Un diccionario puede ofrecer cinco, seis o diez posibilidades.

Eso no significa que el autor pretendiera comunicar las diez al mismo tiempo.

Esta clase de errores ha sido estudiada durante décadas dentro de la exégesis y la semántica bíblica. Carson, por ejemplo, identifica varias falacias frecuentes en los estudios de palabras, mientras Silva muestra por qué etimología, desarrollo histórico, relaciones semánticas y contexto deben distinguirse cuidadosamente.

También existe una dificultad más sencilla.

Una persona que no conoce griego puede consultar una concordancia, identificar un número asociado con determinada palabra y comenzar a recorrer todas sus apariciones.

Eso puede ser útil para observar usos.

Pero encontrar el mismo término no significa que todas sus apariciones tengan exactamente el mismo sentido.

Un número de concordancia identifica una forma lexical.

No realiza la exégesis por nosotros.

Del mismo modo, un interlineal puede ayudarnos a reconocer qué palabras están detrás de una traducción.

Pero tampoco sustituye el conocimiento de la lengua.

Ver una palabra griega colocada debajo de una española puede producir la impresión de que estamos leyendo el original cuando, en realidad, todavía dependemos de decisiones editoriales, glosas y herramientas preparadas por otros.

El problema no está en utilizar esas herramientas.

El problema comienza cuando les pedimos que hagan algo que no pueden hacer.

Entonces, ¿para qué mirar hacia atrás?

Después de tantas advertencias, podríamos llegar a una conclusión equivocada:

“Entonces estudiar hebreo o griego no sirve de mucho.”

Al contrario.

Sirve enormemente.

Pero sirve para algo más interesante que descubrir significados secretos.

Las lenguas originales pueden ayudarnos a percibir estructuras que una traducción debe reformular, observar repeticiones que una versión quizá no reproduce, evaluar posibilidades de significado, comparar decisiones de traducción y comprender por qué intérpretes competentes pueden discrepar sobre determinado pasaje.

También permiten comprobar afirmaciones.

Cuando alguien asegura que “el griego demuestra” determinada interpretación, el conocimiento de la lengua permite preguntar si la gramática realmente exige esa conclusión o si simplemente la permite.

La diferencia es enorme.

Puede también ayudarnos a reconocer cuándo un debate no puede resolverse solamente mediante un diccionario.

Una palabra importa.

Pero también importa cómo está construida la oración.

Importa el argumento que la rodea.

Importa el género literario.

Importa cómo utiliza el autor expresiones semejantes.

Importa el contexto histórico que podamos reconstruir responsablemente.

Y, en ocasiones, después de considerar todo eso, todavía puede quedar más de una interpretación plausible.

Eso no significa que el estudio haya fracasado.

Significa que hemos permitido que la evidencia determine hasta dónde podemos llegar.

Aquí está, entonces, el principio que debe acompañarnos:

Las lenguas originales no esconden una Biblia más verdadera detrás de la Biblia que tenemos; nos ayudan a comprender mejor las decisiones que hicieron posible que pudiéramos leerla.

Cómo puede mirar hacia atrás alguien que no sabe hebreo ni griego

Afortunadamente, leer responsablemente no exige convertirse primero en especialista en lenguas antiguas.

Hay prácticas sencillas que pueden cambiar considerablemente nuestra manera de estudiar un pasaje.

La primera es comparar traducciones serias.

No para votar por la frase que más nos guste, sino para detectar diferencias.

Si tres versiones traducen una frase casi de la misma manera y una cuarta ofrece una formulación muy distinta, vale la pena preguntar por qué.

La segunda es leer las notas de traducción.

Muchas veces allí aparece precisamente la información que buscamos: otra posibilidad lexical, una variante textual, una traducción más literal o una dificultad reconocida por el propio comité.

La tercera es leer unidades completas.

Una palabra puede fascinarnos tanto que terminemos olvidando el párrafo.

Y el párrafo puede fascinarnos tanto que olvidemos el argumento completo del libro.

Antes de investigar qué “significa en griego” determinada expresión, conviene preguntar qué está haciendo esa expresión dentro del razonamiento del autor.

La cuarta es utilizar léxicos, concordancias e interlineales como herramientas, no como oráculos.

Pueden ayudarnos a formular mejores preguntas.

No necesariamente pueden responderlas solas.

La quinta es consultar comentarios exegéticos y obras especializadas cuando el problema lo requiera.

No todos los pasajes necesitan una biblioteca.

Pero cuando una interpretación depende de una cuestión gramatical, lexical, textual o histórica discutida, resulta prudente escuchar a quienes han trabajado directamente con esa evidencia.

Y existe una sexta práctica que quizá sea la más difícil:

aprender a decir “no estoy seguro”.

La madurez bíblica no consiste en tener una explicación impresionante para cada palabra.

A veces consiste en reconocer qué sabemos, qué inferimos y qué continúa abierto.

Una traducción no es una traición

Existe otro motivo por el que no deberíamos imaginar las traducciones como versiones degradadas de una Biblia más auténtica.

La propia historia bíblica nos obliga a pensar de manera más interesante.

Siglos antes del cristianismo, las Escrituras de Israel comenzaron a traducirse al griego. La colección que conocemos como la Septuaginta no fue el producto uniforme de un único proyecto moderno, sino el resultado de traducciones realizadas en diferentes momentos y circunstancias. Esa Biblia griega llegó a ocupar un lugar decisivo entre comunidades judías de habla griega y posteriormente en el cristianismo antiguo. Los autores del Nuevo Testamento escribían en griego y con frecuencia sus referencias y citas del Antiguo Testamento reflejan precisamente esa tradición griega.

Ese hecho debería hacernos reflexionar.

La transmisión de las Escrituras nunca dependió de mantenerlas encerradas en una sola lengua.

Traducir fue una de las maneras en que los textos bíblicos cruzaron fronteras culturales y llegaron a nuevas comunidades.

Eso no convierte todas las traducciones en igualmente buenas.

Tampoco elimina la importancia de estudiar las lenguas en las que los textos fueron compuestos.

Pero sí impide tratar la traducción como si fuera, por definición, una corrupción.

Robert Alter, al reflexionar sobre décadas dedicadas a traducir la Biblia hebrea, insiste en algo importante: en estos textos la forma literaria no es simplemente decoración añadida al contenido; participa en la manera en que el texto comunica su visión. Traducir implica entonces intentar representar no solo información, sino también ritmo, repetición, énfasis y estructura, aun sabiendo que ninguna lengua puede reproducir cada dimensión de otra sin pérdidas o transformaciones.

Una traducción siempre deja algo visible y algo menos visible.

Otra traducción puede recuperar precisamente aquello que la primera dejó en segundo plano.

Por eso comparar buenas traducciones no debería disminuir nuestra confianza.

Puede aumentar nuestra atención.

Leer una Biblia traducida también exige humildad

Hay una tentación especialmente atractiva para quienes comienzan a utilizar herramientas de hebreo o griego.

Después de años leyendo una traducción, descubrir una palabra antigua produce la sensación de haber atravesado una puerta secreta.

De pronto parece que podemos corregir traductores, predicadores, comentaristas y siglos de interpretación.

Pero cuanto más seriamente se estudia una lengua, menos sencilla suele parecer.

Descubrimos que las palabras cambian de sentido según el contexto.

Que la sintaxis admite discusiones.

Que algunas expresiones son raras.

Que los manuscritos presentan variantes.

Que expertos que conocen profundamente las mismas lenguas pueden discrepar.

Y aparece una humildad diferente.

Ya no decimos con tanta facilidad:

“Esto realmente significa…”

Comenzamos a preguntar:

“¿Qué posibilidades permite el texto?”

“¿Cuál encaja mejor aquí?”

“¿Qué evidencia favorece esa interpretación?”

“¿Qué tendría que explicar la alternativa?”

Ese cambio puede parecer pequeño.

En realidad transforma profundamente la manera de leer.

Porque deja de utilizar las lenguas originales para impresionar y comienza a utilizarlas para escuchar con mayor disciplina.

Una Biblia en español sigue siendo Biblia

Nada de lo anterior significa que un cristiano necesite aprender hebreo, arameo o griego para encontrarse seriamente con las Escrituras.

A lo largo de generaciones y contextos muy distintos, cristianos han conocido el evangelio, han aprendido a seguir a Jesús y han encontrado consuelo, corrección y esperanza leyendo traducciones.

No necesitamos convertir la lectura bíblica en privilegio de especialistas.

Pero tampoco necesitamos fingir que las traducciones cayeron terminadas del cielo.

Entre ambos extremos existe una posición más madura.

Podemos agradecer profundamente el trabajo de quienes traducen y, al mismo tiempo, reconocer las decisiones que toda traducción implica.

Podemos leer nuestra versión habitual y consultar otra cuando un pasaje lo requiera.

Podemos utilizar herramientas sin atribuirles poderes que no poseen.

Podemos estudiar una palabra sin separarla de la oración.

Podemos estudiar una oración sin separarla del argumento.

Podemos mirar hacia el mundo antiguo sin imaginar que allí encontraremos automáticamente una respuesta simple para cada pregunta moderna.

Y podemos permitir que la investigación aumente nuestra reverencia en lugar de nuestra seguridad excesiva.

Conclusión: leer más despacio para escuchar mejor

Quizá la pregunta nunca debió ser:

“¿Qué se perdió en la traducción?”

Esa formulación puede hacernos imaginar que detrás de nuestra Biblia existe otro libro, uno más profundo, reservado para quienes conocen determinados códigos lingüísticos.

La realidad es distinta.

Traducir hace posible que leamos.

Y precisamente porque hace posible la lectura, también nos obliga a tomar decisiones sobre cómo una lengua puede representar a otra.

Mujer mayor sentada en un sillón junto a una ventana amplia por la tarde, leyendo sin prisa con una taza en la mesa lateral.
Leer con atención también es una forma de respeto: por el texto, por su historia y por el camino que hizo posible que llegara hasta nosotros.

Mirar hacia atrás no significa desconfiar de la Biblia que tenemos.

Significa recordar el camino que recorrieron sus palabras.

Significa reconocer que una palabra aislada no contiene toda una teología.

Que una raíz no decide una interpretación.

Que una traducción diferente no constituye automáticamente una distorsión.

Que el hebreo y el griego pueden iluminar preguntas sin necesariamente resolverlas todas.

Y que estudiar con rigor no consiste en encontrar una explicación más espectacular, sino en aprender a distinguir entre lo que el texto permite afirmar y aquello que nosotros hemos colocado sobre él.

Las lenguas originales no esconden una Biblia más verdadera detrás de la Biblia que tenemos; nos ayudan a comprender mejor las decisiones que hicieron posible que pudiéramos leerla.

Tal vez por eso mirar hacia atrás no debería hacernos sentir superiores al lector que solo tiene una traducción entre las manos.

Debería hacernos más agradecidos.

Más cuidadosos.

Y quizá también más lentos antes de pronunciar esas palabras que tantas veces cierran una discusión demasiado pronto:

“Esto es lo que la Biblia realmente dice.”

A veces la fidelidad comienza haciendo algo más sencillo.

Seguir leyendo hasta haber escuchado suficientemente bien.

Referencias y bibliografía consultada

  • Alter, Robert. The Art of Bible Translation. Princeton, NJ: Princeton University Press, 2020. Su reflexión destaca la relación entre significado, forma literaria y decisiones de traducción.
  • Carson, D. A. Exegetical Fallacies. 2.ª ed. Grand Rapids, MI: Baker Books, 1996. Especialmente relevante para las falacias asociadas con estudios de palabras, etimología y razonamiento exegético.
  • Greenstein, Edward L. Essays on Biblical Method and Translation. 2.ª ed. Brown Judaic Studies 92. Brown Judaic Studies, 2020. Colección dedicada a la relación entre método bíblico y teoría y práctica de traducción.
  • Jobes, Karen H., y Moisés Silva. Invitation to the Septuagint. 2.ª ed. Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2015. Referencia para la historia, naturaleza y relevancia de la traducción griega de las Escrituras hebreas y su utilización en el cristianismo temprano.
  • Louw, J. P. Semantics of New Testament Greek. Semeia Studies 11. Atlanta: Scholars Press, 1997. Presenta la semántica como estudio del significado más allá de palabras aisladas, incluyendo frases, oraciones y unidades discursivas.
  • Louw, J. P., y Eugene A. Nida. Lexical Semantics of the Greek New Testament. Resources for Biblical Study 25. Atlanta: Scholars Press, 1992. Estudia principios y procedimientos para el análisis semántico del vocabulario del Nuevo Testamento.
  • Silva, Moisés. Biblical Words and Their Meaning: An Introduction to Lexical Semantics. Ed. revisada y ampliada. Grand Rapids, MI: Zondervan, 1994. Obra fundamental sobre semántica lexical y uso responsable del vocabulario bíblico.
  • Wendland, Ernst R. “Bible Translation.” The Encyclopedia of Applied Linguistics. Wiley, 2026. Panorama contemporáneo de la traducción bíblica como disciplina situada entre lingüística aplicada, estudios bíblicos y comunicación intercultural.
  • The Bible Translator. United Bible Societies / SAGE. Revista académica especializada en teoría y práctica de traducción bíblica, publicada continuamente desde 1950.

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