“Llamarnos cristianos es relativamente fácil. Seguir a Jesús alcanza territorios mucho más profundos. Una reflexión sobre la distancia que puede existir entre la fe que confesamos y la vida que estamos viviendo.”
Introducción
Decir “soy cristiano” es relativamente fácil.
Puede significar que creemos en Dios, que crecimos dentro de una iglesia, que fuimos bautizados, que conocemos la Biblia o que procuramos vivir de acuerdo con determinados valores. Para algunos es una convicción profunda; para otros, una tradición familiar, una identidad cultural o simplemente la manera más cercana de describir su relación con la fe.
Pero Jesús dejó una pregunta incómoda en medio de todas esas posibilidades.
No la formuló exactamente con estas palabras, pero atraviesa algunas de sus enseñanzas más difíciles:
¿Basta con llamarnos seguidores de Jesús para que realmente lo estemos siguiendo?
La pregunta puede resultarnos incómoda porque rápidamente pensamos en alguien más.
En el político que habla de Dios mientras actúa de manera contradictoria. En el líder religioso cuya vida desmiente sus palabras. En aquella persona que conocemos y que se identifica públicamente como cristiana mientras nosotros observamos comportamientos que nos parecen incompatibles con su fe.
Es fácil encontrar candidatos.
Mucho más difícil es impedir que la pregunta cambie de dirección.
¿Y yo?
¿Qué ocurre cuando aquello que digo creer y aquello que estoy viviendo comienzan a contar dos historias diferentes?
Cuando decir “Señor” no basta
Hacia el final del Sermón del Monte, Jesús pronuncia unas palabras difíciles de domesticar:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).
Lo verdaderamente perturbador aparece inmediatamente después.
Las personas de las que habla Jesús no son indiferentes a la religión. Lo llaman “Señor”. Han profetizado en su nombre, expulsado demonios en su nombre y realizado obras poderosas en su nombre.
Sus credenciales religiosas parecen extraordinarias.
Y, sin embargo, Jesús responde:
“Nunca os conocí” (Mateo 7:23).
Antes de convertir esas palabras en una sentencia contra determinados grupos cristianos, conviene observar dónde aparecen.
Mateo 7:21–23 forma parte del cierre del Sermón del Monte. En Mateo 7:13–27 se acumulan imágenes y contrastes: dos caminos, árboles conocidos por sus frutos, personas que dicen “Señor, Señor” y, finalmente, dos hombres que escuchan las mismas palabras de Jesús, pero responden de manera diferente.
Uno las escucha y las hace.
El otro las escucha y no las hace.
El problema, entonces, no es simplemente pronunciar correctamente el nombre de Jesús. Tampoco parece resolverse mediante una actividad religiosa impresionante. El cierre del sermón confronta repetidamente al oyente con la relación entre escuchar y hacer, confesión y fruto, palabras y vida. Esta relación entre profesión y práctica es reconocida como uno de los énfasis centrales de Mateo 7:21–27.
Eso cambia la pregunta.
No se trata solamente de:
¿Creo en Jesús?
También debemos atrevernos a preguntar:
¿Qué consecuencias tiene en mi vida aquello que digo creer acerca de Jesús?

Podemos aprender a parecer cristianos
La religión también tiene un lenguaje.
Aprendemos palabras, gestos, costumbres y respuestas. Sabemos cómo comportarnos dentro de determinados espacios. Podemos conocer cuándo levantar las manos, qué versículos citar, cómo orar delante de otros y qué cosas decir para que nuestra fe resulte reconocible.
Nada de eso es necesariamente falso.
Una persona puede cantar sinceramente, servir sinceramente, orar sinceramente y amar profundamente a Jesús.
El problema comienza cuando aprendemos a confundir las expresiones de nuestra fe con la totalidad de nuestra fe.
Porque también podemos aprender a proyectar una imagen cristiana.
Podemos hablar de amor y ser crueles en casa.
Defender apasionadamente la verdad y utilizar la mentira cuando protege nuestros intereses.
Predicar sobre humildad y necesitar constantemente reconocimiento.
Hablar de perdón mientras alimentamos durante años el deseo de castigar.
Denunciar públicamente determinados pecados y encontrar explicaciones sorprendentemente sofisticadas para justificar los nuestros.
Podemos incluso utilizar la Biblia para examinar la vida de todo el mundo excepto la propia.
Y ninguna de estas contradicciones demuestra automáticamente que alguien “no sea cristiano”. Esa conclusión sería demasiado fácil y nos colocaría en un lugar que este artículo precisamente quiere evitar.
Demuestran algo más cercano y quizá más incómodo:
es posible que exista distancia entre la fe que confesamos y la vida que estamos permitiendo que esa fe transforme.
Por eso Mateo 7 no debería convertirse primero en una lupa para mirar a otros.
Debería convertirse en espejo.

Nicodemo tenía religión. Jesús habló de nacimiento
Juan 3 nos coloca frente a una situación diferente.
Nicodemo no aparece como un hombre superficialmente religioso. Es fariseo, dirigente entre los judíos y alguien a quien Jesús posteriormente llama “maestro de Israel”.
Además, reconoce algo importante acerca de Jesús:
“Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro” (Juan 3:2).
Pero Jesús conduce inmediatamente la conversación hacia otro territorio:
“El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).
Aquí existe un detalle importante. La palabra griega anōthen puede expresar tanto la idea de nacer “de nuevo” como “de arriba”. El diálogo juega precisamente con esa ambigüedad: Nicodemo entiende inicialmente la expresión como otro nacimiento físico, mientras Jesús conduce la conversación hacia un nacimiento producido por el Espíritu.
Por eso Juan 3 no debería utilizarse simplemente para afirmar que Nicodemo “tenía religión pero no tenía a Dios”, como si pudiéramos conocer todo su estado espiritual.
El texto hace algo más interesante.
Presenta a un hombre con identidad religiosa, conocimiento y reconocimiento de que Jesús viene de Dios, y Jesús le habla de una realidad que no puede producirse simplemente acumulando más religión.
Habla de nacimiento.
De una vida cuyo origen está en Dios.
Eso significa que el cristianismo no puede reducirse a modificar ciertos comportamientos para ajustarlos a un código religioso.
Pero tampoco significa que quien ha nacido del Espíritu se convierta instantáneamente en una persona sin contradicciones.
Vida nueva no significa vida perfecta.
Y esa distinción resulta fundamental.
El verdadero cristiano también peca
Aquí necesitamos decirlo sin rodeos porque generaciones de creyentes han sufrido bajo una idea que la propia Biblia no permite sostener:
ser verdaderamente cristiano no significa dejar de pecar.
Primera de Juan es especialmente importante porque contiene afirmaciones muy fuertes sobre el pecado y, al mismo tiempo, impide cualquier fantasía de impecabilidad cristiana.
Dice:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos” (1 Juan 1:8).
Y poco después:
“Estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).
Juan quiere que sus lectores no pequen.
Y contempla que pecarán.
La tensión se vuelve todavía más fuerte en el capítulo 3, donde encontramos expresiones radicales acerca de quien permanece en Cristo y quien practica el pecado. Los intérpretes han propuesto diferentes maneras de relacionar esas afirmaciones con 1:8–2:2, y ninguna solución ha alcanzado consenso general. Lo que sí resulta difícil negar es que la carta rechaza simultáneamente la pretensión de no tener pecado y la indiferencia frente al pecado.
Eso nos impide refugiarnos en cualquiera de los dos extremos.
El primero dice:
“Si realmente fueras cristiano, ya no pecarías.”
No.
El propio texto contradice esa pretensión.
Pero existe otro refugio igualmente peligroso:
“Todos somos pecadores, así que tampoco importa demasiado cómo vivo.”
Juan tampoco nos permite instalarnos allí.
La pregunta, por tanto, no es si todavía pecamos.
Pecamos.
La pregunta incómoda es qué hacemos con aquello que reconocemos como contrario a Cristo.
¿Lo confesamos o lo justificamos?
¿Permitimos que nos confronte o buscamos argumentos para protegerlo?
¿Reconocemos el daño que hacemos o solamente lamentamos las consecuencias cuando somos descubiertos?
¿Pedimos perdón mientras seguimos reservándonos el derecho de repetir deliberadamente aquello que no queremos entregar?
¿Utilizamos la gracia para levantarnos o comenzamos a utilizarla como explicación para permanecer exactamente donde estamos?
Tampoco podemos medir nuestra fe por la cantidad de culpa que sentimos. Una conciencia atormentada no constituye automáticamente evidencia de transformación, del mismo modo que una conciencia tranquila tampoco demuestra que todo esté bien.
La cuestión es más profunda:
¿Qué relación estamos aprendiendo a tener con aquello que Cristo confronta en nosotros?
La gracia no convierte al cristiano en alguien que ya no necesita perdón.
Lo convierte en alguien que ya no puede tratar su necesidad de perdón como si no importara.
También podemos hablar de amor sin aprender a amar
Primera de Juan lleva la confrontación hacia otro territorio.
“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:8).
Sería fácil dejar esa afirmación suspendida en una espiritualidad hermosa.
La misma carta no lo permite.
En el capítulo 3, el amor adquiere consecuencias concretas:
“No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18).
La preocupación de 1 Juan no se limita a que sus lectores posean determinadas afirmaciones doctrinales. La carta relaciona lo que dicen acerca de Dios con la manera concreta en que viven y se relacionan con los demás.
Y aquí la pregunta vuelve a acercarse demasiado.
Podemos hablar del amor de Jesús y despreciar a quien piensa diferente.
Podemos defender la familia y destruir emocionalmente la nuestra.
Podemos exigir misericordia para nuestros errores y justicia implacable para los ajenos.
Podemos compartir versículos sobre la verdad y difundir información que nunca verificamos porque confirma aquello que queremos creer.
Podemos hablar de dignidad humana y tratar como inferiores a quienes tienen menos educación, menos dinero, otra nacionalidad, otra posición social o una historia que desaprobamos.
Podemos indignarnos ante la inmoralidad del mundo y permanecer extrañamente silenciosos frente al abuso, la mentira o la arrogancia cuando aparecen entre los nuestros.
Y podemos hacer todo eso mientras seguimos diciendo:
“Señor, Señor.”
Eso no significa que amar consista en aprobarlo todo. El amor cristiano no elimina la verdad, la responsabilidad ni la confrontación.
Significa que ninguna convicción cristiana nos concede permiso para deshumanizar a otra persona.
Porque también allí nuestra fe está diciendo algo acerca de quién es Jesús.

La vida que nadie aplaude
Quizá por eso algunas de las preguntas más útiles no tienen que ver con aquello que hacemos delante de una congregación.
Tienen que ver con lo que sucede cuando desaparece la audiencia.
¿Cómo tratamos a las personas de quienes no necesitamos nada?
¿Cómo utilizamos nuestra autoridad cuando nadie puede cuestionarnos?
¿Qué hacemos cuando decir la verdad nos cuesta?
¿Cómo hablamos de alguien cuando sabemos que nunca escuchará la conversación?
¿Qué versión de nosotros conoce nuestra familia?
¿Qué ocurre con nuestros valores cuando mantenerlos implica perder dinero, prestigio, comodidad o aceptación?
¿Cómo respondemos cuando nadie va a felicitarnos por haber hecho lo correcto?
¿Quiénes somos cuando ser cristianos deja de producir reconocimiento?
Estas preguntas no son un examen para calcular nuestra salvación.
Tampoco existe una puntuación mínima que convierta una vida suficientemente buena en pasaporte hacia Dios.
Son preguntas acerca de coherencia.
Porque si seguir a Jesús significa algo, tiene que significar algo también allí.
En nuestras relaciones.
En el dinero.
En la sexualidad.
En el poder.
En nuestra manera de hablar.
En cómo pedimos perdón.
En cómo tratamos al débil.
En aquello que hacemos con la verdad cuando la verdad nos perjudica.
En cómo reaccionamos cuando nadie nos observa.
La fe no necesita producir perfección para producir realidad.
Pero una fe que nunca alcanza ninguna parte de nuestra vida merece, al menos, que nos atrevamos a preguntarnos qué estamos llamando fe.
Antes de examinar a otros
Aquí 2 Corintios 13 adquiere un significado particularmente interesante.
Pablo se encuentra en una relación difícil con los corintios. Algunos están buscando una prueba de que Cristo habla por medio de él:
“pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí” (2 Corintios 13:3).
Y entonces Pablo realiza un movimiento sorprendente:
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5).
El contexto importa.
Pablo no está escribiendo un manual general para creyentes obsesionados con comprobar diariamente si siguen siendo salvos. Está respondiendo a una comunidad que pretende examinarlo a él y devuelve la prueba hacia quienes la están exigiendo.
Eso no elimina el autoexamen.
Lo vuelve más incómodo.
Porque la pregunta que dirigíamos hacia otro termina regresando.
Y quizá eso sea exactamente lo que necesitamos hacer con este artículo.
Es posible haber llegado hasta aquí pensando en alguien.
Quizá incluso le pondríamos nombre.
Pero antes de enviarle el enlace, 2 Corintios 13 nos ofrece una posibilidad mucho más difícil:
dejar el teléfono sobre la mesa y permitir que la pregunta se quede con nosotros.
No:
“¿Es realmente cristiano aquel?”
Sino:
¿Qué evidencia ofrece mi propia vida de aquello que digo creer?

Entonces, ¿soy realmente cristiano?
Sería cómodo terminar con una lista.
Creer en Jesús. ✓
Asistir a una iglesia. ✓
Leer la Biblia. ✓
Amar a los demás. ✓
No cometer determinados pecados. ✓
Resultado:
Cristiano verdadero.
Pero el Nuevo Testamento no nos ofrece una máquina de certificación espiritual tan sencilla.
Mateo 7 nos impide confundir profesión religiosa con discipulado.
Juan 3 nos impide reducir la vida que procede del Espíritu a identidad, conocimiento o comportamiento religioso.
Primera de Juan nos impide imaginar una fe que no tenga consecuencias en nuestra relación con el pecado y con los demás.
Y esa misma carta nos impide igualmente imaginar que el cristiano auténtico sea una persona que ya no necesita confesión, perdón y gracia.
Por eso el fruto importa.
Pero el fruto no compra la gracia.
La obediencia importa.
Pero la obediencia no convierte a Dios en nuestro deudor.
La transformación importa.
Pero transformación no significa perfección.
Y reconocer nuestra imperfección tampoco puede convertirse en una excusa para renunciar a ser transformados.

Quizá entonces debamos abandonar una pregunta:
“¿Soy suficientemente bueno para demostrar que soy cristiano?”
El evangelio nunca comienza allí.
Y formular otra:
¿Está la relación con Jesús que digo tener alcanzando realmente la persona que estoy llegando a ser?
Cuando el nombre no basta
Hay una última posibilidad incómoda.
Podemos aprender a utilizar la palabra cristiano como respuesta precisamente para evitar la pregunta.
“Soy cristiano.”
Punto.
La identidad queda resuelta.
Pero Jesús no llamó simplemente a personas que adoptaran una denominación religiosa.
Llamó a seguirlo.
Y seguir implica movimiento.

A veces avance.
A veces caída.
A veces arrepentimiento.
A veces descubrir que aquello que durante años justificamos necesita ser confrontado.
A veces pedir perdón.
A veces volver a comenzar.
A veces reconocer que nuestra imagen religiosa estaba mucho más cuidada que nuestro corazón.
Nada de eso describe una vida perfecta.
Describe una vida que todavía puede ser alcanzada por Jesús.
Por eso esta reflexión no termina permitiéndonos decidir quién pertenece verdaderamente a Cristo y quién no.
Ese tribunal no nos corresponde.
Pero tampoco termina diciendo que la manera en que vivimos carece de importancia.
Jesús mismo no nos concede esa salida.
La pregunta permanece delante de nosotros:
¿Soy realmente cristiano?
No porque nunca peque.
No porque siempre obedezca.
No porque mi vida sea una demostración impecable de aquello que creo.
Sino porque Jesús no es solamente alguien cuyo nombre aprendí a pronunciar, una identidad que heredé o una figura religiosa que admiro.
La cuestión es si realmente lo estoy siguiendo.

Y quizá una de las maneras más honestas de comenzar a responder sea mirar precisamente aquellos lugares de nuestra vida donde preferiríamos que Jesús no preguntara nada.
Porque allí desaparece la fachada.
Allí las palabras ya no pueden hacer todo el trabajo.
Y allí volvemos a escuchar la inquietante diferencia que atraviesa el final del Sermón del Monte:
decir y hacer.
escuchar y vivir.
llamarlo Señor y seguirlo realmente.
Tal vez nunca respondamos esa pregunta exhibiendo una vida sin pecado.
Pero sí podemos permitir que continúe acompañándonos mientras seguimos a Jesús:
no para demostrar que ya hemos llegado, sino para impedir que algún día confundamos aprender a llamarnos cristianos con aprender a vivir como seguidores de Cristo.
Referencias y bibliografía consultada
- Biblia. Textos centrales estudiados: Mateo 7:13–27; Juan 3:1–8; 2 Corintios 13:3–6; 1 Juan 1:5–2:6; 3:1–24; 4:7–21.
- Brown, Raymond E. The Epistles of John. Anchor Bible 30. Doubleday, 1982.
- Davies, W. D., y Dale C. Allison Jr. A Critical and Exegetical Commentary on the Gospel According to Saint Matthew. Vol. 1. T&T Clark, 1988.
- France, R. T. The Gospel of Matthew. New International Commentary on the New Testament. Eerdmans, 2007.
- Harris, Murray J. The Second Epistle to the Corinthians. New International Greek Testament Commentary. Eerdmans, 2005.
- Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. 2 vols. Baker Academic, 2003.
- Kruse, Colin G. The Letters of John. Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 2000.

